Como se ha reiterado en diversas ocasiones uno de los principales problemas que presenta la investigación sobre el comportamiento proambiental es la deficiencia en las metodologías de recogida de información o la complejidad de las mismas, cuestiones que ha menudo llevan a una toma de decisiones arriesgada en cuanto a los modelos explicativos de la acción de las personas a favor del entorno. Puede entenderse por comportamiento proambiental aquella acción que realiza una persona, ya sea de forma individual o en un escenario colectivo, en favor de la conservación de los recursos naturales y dirigida a obtener una mejor calidad del medio ambiente (Castro, 2001). Según Suárez (2000) pueden referirse diversos métodos para el estudio de este tipo de conductas: el análisis de registros oficiales, la observación directa y los autoinformes de conducta. Presentando las diversas estrategias destacadas deficiencias para un uso contrastado de los datos, como el importante déficit de información individualizada y la amplísima variación de los datos aportados, en el caso de los registros o la dificultad y los amplios costes para la extensión de estudios de observación. Por otro lado, las estrategias de autoinforme, que son aquellas usadas con más profusión, basadas en la identificación mediante entrevistas o cuestionarios de aquellas acciones proambientales realizadas, plantean el problema de la alta deseabilidad de los comportamientos evaluados lo cual incrementa sobremanera las tasas de respuesta. Además de las serias inconsistencias entre datos objetivos y conductas declaradas.